¿Te has preguntado qué es un berrinche? ¿Por qué y para qué los niños los hacen? Cuando pensamos en un niño haciendo berrinche lo visualizamos llorando, pataleando, gritando, aventando cosas, tirándose al suelo, pegando, etc.
Generalmente asociamos las rabietas, pataletas o berrinches con la conducta que vemos en los niños. Conducta que no nos gusta, que nos han dicho que está mal y que por lo tanto hay que modificarla a toda costa. Esto puede llevarnos a que de entrada le demos una connotación negativa a las rabietas, ocasionándonos incomodidad, disgusto, desesperación, enojo, entre otras emociones. A su vez, dicha connotación negativa sumada a las creencias erróneas que tenemos, por ejemplo que los berrinches son para llamar la atención, y a las emociones que sentimos cuando nuestros hijos hacen pataletas nos predispone a hacer todo mal, cuando de lo que se trata es de ayudarlos en esos momentos.
Para empezar a hacer las cosas un poco mejor, acompañarlos, guiarlos hacia la madurez, y saber responder, en vez de reaccionar ante las rabietas de nuestros hijos tenemos que empezar por comprender un poco más sobre estas “enemigas de la armonía y felicidad”, éstas que nos dejan cansados y frustrados tanto a padres como a hijos.
El berrinche es más que la conducta que vemos, es una crisis por la que pasa un niño, adolescente o adulto ante la frustración que siente por no obtener lo que desea en el momento en que lo desea. Es energía desbordada, es oposición, pero también fuerza de vida.
Cerca de los quince meses de edad empezamos a ver una oposición clara de los niños, constantemente dicen que “no” a todo, parecería que esa es su palabra favorita durante un tiempo. Es una etapa normal por la que pasan, es la etapa de separación, se dan cuenta que son personitas independientes de mamá con gustos diferentes. Muchas veces mediante los berrinches muestran qué es lo que les gusta y qué no les gusta; van mostrando sus necesidades o sus deseos; le dicen a mamá “soy diferente a ti” y, van probando los límites. Su lucha entre ser dependientes y buscar su incipiente independencia los lleva al enojo, de ahí a la frustración y al berrinche.

La búsqueda de independencia resulta muy similar pero aún con más fuerza en la adolescencia, por lo que es muy conveniente empezar a saber lidiar de una forma sana con las pataletas, con nuestros hijos cuando las hacen y con nuestras propias emociones.
La búsqueda de independencia resulta muy similar pero aún con más fuerza en la adolescencia, por lo que es muy conveniente empezar a saber lidiar de una forma sana con las pataletas, con nuestros hijos cuando las hacen y con nuestras propias emociones.
A partir de los quince meses de edad y aproximadamente hasta los 7 años es normal e incluso sano que los niños hagan berrinches. No queremos niños sumisos que no puedan mostrar sus gustos, necesidades y deseos. No queremos niños que no se atrevan a oponerse a sus padres para separarse de una manera natural, ni queremos niños que aparenten no sentir frustración ante nada, o que no la manifiesten quedándose con toda la emoción guardada pues esto último no es para nada sano.
Sentir frustración es inevitable en todas las etapas de la vida. Lo que nos toca como adultos es enseñar a los niños a enfrentarla de una mejor manera y no mediante una crisis.
De acuerdo con la Dra. Becky Bailey (2001) muchos infantes hacen berrinche todos los días mientras que lo esperable en los preescolares es que los hagan una vez a la semana. Hay muchas razones por las que los niños sienten frustración: los límites impuestos por los padres o alguna otra persona, sin importar si es adulto o niño que les impide obtener algo que desean. Otras causas frecuentes en los más pequeñitos son, por ejemplo cuando quieren desplazarse por sí mismos pero aún no pueden o cuando no les entendemos lo que nos dicen porque apenas hablan.
Entre algunas de las causas por las cuales los más grandecitos hacen berrinches están: inconsistencia en el estilo parental, expectativas demasiado altas tanto de los padres como de ellos mismos, rigidez, sobreprotección, falta de límites, imitación de las conductas de los padres, por mencionar algunas.
Como mencioné anteriormente, los berrinches no tienen en su origen el propósito de llamar la atención ni de desesperar a los papás. Por supuesto que eso llega a pasar, sobre todo cuando los niños se dan cuenta que mediante esta conducta reciben lo que quieren.
Saber manejar de manera sana las emociones es un proceso que lleva toda la vida aprenderlo. Nadie nace sabiendo regular por sí mismo la frustración que se siente ante diferentes sucesos, por lo tanto, no podemos esperar que un niño pequeño sepa la manera adecuada de enfrentarla.

Dentro de las cosas más difíciles de poder ver en muchas de las rabietas que hacen los hijos es la NECESIDAD real que tiene y que queda tapada, encubierta por la conducta disruptiva. Es muy común no reconocer la NECESIDAD y enfocarnos solamente en la NECEDAD llevando la situación a un desenlace desgastante por decir lo menos.
Por ejemplo, puede ser que nuestro hijo haga berrinche en el súper cuando no le compramos algo que quiere, y luego haga otro berrinche porque no se quiere abrochar el cinturón de seguridad en el coche. Antes de calificarlo como “berrinchudo”, decirle que se porta fatal, ignorarlo, gritarle, etc, tendríamos que ver si no es sueño, hambre, cansancio, si se siente mal o está incómodo por alguna razón. Este tipo de situaciones es esperable que les generen irritabilidad y la manifiesten como rabieta.
Ahora que ya sabemos qué es un berrinche y de dónde vienen no dejes de leer el artículo sobre Pautas para manejar los berrinches en el que encontrarás tips para un mejor manejo de estas situaciones de crisis.
Bailey, B. (2001). Edúquelos con amor. 7 Habilidades básicas para convertir los conflictos en cooperación. México: Pearson.